Estamos los
dos solos, frente al mar. Me despierto y veo que te tengo al lado. Llevamos
toda la noche allí dormidos, sobre una toalla, en la arena. Me incorporo
intentando que no te despiertes, pero abres los ojos, sonríes al verme y me
dices un “Buenos días princesa”. No puedo evitar agacharme de nuevo y darte el
beso más dulce de todos los que te haya dado nunca. Porque me doy cuenta de que
en ese momento soy la envidia de todas las chicas, todas quisieran vivir algo
así. Me doy cuenta de que mi única ropa es tu camiseta, que me queda como un
vestido. Tú, en cambio, llevas el pantalón de ayer. Te beso por el cuello
sabiendo que eso es lo que más te gusta y, en seguida, me voy corriendo al
agua. Me doy un baño, y me doy cuenta de que tú vienes detrás de mí. Te has
quedado con las ganas de más besos. Y
yo, para qué engañarme, también, así que te los doy. Uno por uno. Y es que
dicen que hay que disfrutar la vida momento a momento, porque puede que llegue
un momento en el que ya no estés. Y lo peor es que puede ser tarde, pero
también puede ser antes de lo que piensas. *Riiiiiiiiiing,
riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing* y sonó el despertador. Abro los ojos y me
encuentro en mi habitación, rodeada de sábanas y mantas y sin nadie que me diga
unos “Buenos días princesa”. Todo había sido un sueño, y es que cosas tan
bonitas no pueden ser más que un auténtico y precioso sueño.

No hay comentarios:
Publicar un comentario