Estando en la cama tumbada empiezas a recordar, a pensar. Empiezas a darte cuenta de lo que realmente vale la pena. Y sí, aprecias las pequeñas cosas. Tu MP3 está en funcionamiento, pareces K.O. sobre el colchón. Pasan canciones, una tras otra, hasta que sale una que, por algún motivo, te recuerda a una persona especial. Muy especial.Esa persona es alguien a la que quieres mucho, por quien darías tantas cosas, a la que ayudarías y acompañarías en cualquier camino que él quisiera recorrer. Captas la letra de cada una de ellas, y con alguna más que con otra te ves reflejada, identificada. Un recuerdo, otro. Los momentos en los que eras feliz tan sólo con una mirada, una sonrisa, un secreto, un gesto, algo.
O también con dos palabras que salgan de su boca: te quiero. Sabes que eso sería lo más bonito que te podría pasar. Y pasa el tiempo, y más música. Pasas algunas, porque no quieres escucharlas, te traen recuerdos tristes. Cuando te hicieron daño, cuando te dijeron no eres importante en mi vida, un te quiero, pero como amiga.
Pero, llega un momento, en el que recoges los buenos momentos y lo malos y ves que se suceden unos a otros. Me explico: tú puedes ser realmente feliz una noche, porque él ha sido la última persona con la que has hablado, porque estás genial con él, porque al despedirse te ha dicho que te quiere. Esa es la verdadera felicidad, pequeños momentos, porque después de eso, al día siguiente, puede que las cosas cambien, que no tenga un buen día, que te de una mala contestación, que no te diga te quiero al despedirse.
Por eso, no intentes buscar la felicidad plena, continua, que dure para toda la vida, porque eso no es eterno. Siempre habrá algo que te la arrebate, que te diga que pongas los pies en el suelo, que no vivas en una nube, que esto es el mundo real y no un sueño. Eso es, un sueño.
Y en ese momento te pones a soñar, mezclas la realidad con tu sueño, con lo que te gustaría que te pasara, pero que se queda en eso: un simple y sencillo sueño.
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